Una anécdota de 574 palabras

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Cuatro palabras alcanzaron para arruinar la boda. Sólo las escuchó el sacerdote y la parentela de las primeras filas. Afuera, una estrellada noche de verano. Adentro, una multitud de elegantes invitados que esperaban la entrada de la novia. El novio transpiraba, estirando las mangas del traje y gesticulando con amigos.

Finalmente, se abrieron las puertas. Se apagó el murmullo de la espera y un canto celestial inundó el recinto. Todos se dieron vuelta fascinados. Ella entró por el centro de la nave acompañada por el firme brazo de su padre. Entró muy despacio. Porque había esperado toda su vida ese momento. Porque la larga cola del vestido la seguía unos pasos atrás. Para apreciar las flores y el coro. Para que los fotógrafos tomen su mejor perfil. Por todo esto, caminó la alfombra muy lentamente, al calor de miradas de afecto y aprobación. Así se acercó y buscó los amorosos ojos de su inminente esposo.

Entonces comenzó el sutil drama que cambiaría el destino de todos los presentes. Cada suceso duró un segundo. Primero ella vio la cara rígida, colorada y llena de gotas de sudor de su príncipe y despertó del sueño. Segundo culminó la música. Tercero, percibió que con todos los músculos de la cara y sus ojos centelleantes él le gritaba que se apure. Cuarto, trató de complacerlo llegando a los escalones previos al altar. Lo siguiente fue todo uno. Los tacos altos y el complejo vestido le jugaron una mala pasada. Su papá no pudo ayudarla. Tropezó. Los cuatrocientos presentes arquearon las cejas, algunas tías viejas se llevaron las manos a la boca y se escuchó un “uuuuoohhhh” de falta para expulsión directa. Los flashes la apuñalaron tres veces desparramada por las escalinatas.

Hasta aquí no había pasado nada grave. Sólo un lindo papelón; caras rojas de sorpresa, vergüenza, sufrimiento de cercanos, placer de solteronas envidiosas, diversión en las últimas filas… nada que el tiempo no pudiera transformar en una emocionante anécdota para todos. Pero las cosas no quedaron así. Cuando parecía que el cuadro se compondría, todo estalló en mil pedazos. Claro que él y ella se llevarían las heridas más graves. Entonces sólo Dios sabía que ambos derramarían muchas lágrimas sobre esas tres fotos. Él pasaría el resto de sus días tratando de olvidar a su amada.Y ella tratando de olvidar aquel día. Pero las escenas de la vida no pueden rebobinarse.

Estaba mal dormido y al borde de un ataque de ansiedad cuando se le cayeron las palabras de siempre. No midió cuánto pesaban en ese contexto, con ella tirada en el suelo. No imaginó su poder destructivo. Por eso, se quedó tan perplejo con las consecuencias. No comprendió la cachetada, ni el llanto, ni reaccionó cuando ella abandonaba la escena. Su parálisis mental le duró meses y al despertar supo que esa desafortunada frase sería la última que ella escucharía de él. Nunca más le concedería audiencia. Años más tarde entendió que a las palabras no se las lleva el viento, sino que son el viento de las cuestiones humanas. Paradójicamente nunca pudo poner en palabras su profundo y sincero arrepentimiento. Dicen que desde entonces se transformó en una persona callada y pensativa. Pero lo cierto es que esa noche, en la pista, no pudo contener sus caballos y lo dijo clarito: “La bruta de siempre”. Ese fue el testimonio de las primeras filas, las cuatro palabras que él pronunció y el eco del templo acentuaron.

 

 

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